SANTIAGO ECHEVERRY    CABARET • Crack
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Oct 13 de 2002


Te tengo que contar algo - me dijo en francés con su encantador acento de Saskatchewan - Yo consumo Crack desde hace 11 años.

Yo ya lo sabía. Desde que llegué a Montreal. Con esos cambios de personalidad, tenía que ser algo raro que estaba metiendo.

Volvíamos del matrimonio de Coni y Jim en Quebec, donde la pasamos delicioso. Muertos de frío, pero delicioso. Y teníamos que parar una media hora a visitar a Daniel, un amigo de él que estaba en una "institución especial". Dani era un prostituto que conocía desde hace 7 años, que había sido casi su amante y que había sido arrestado por asalto a mano armada. El juez le dió la opción de pasar su condena en la cárcel - 10 años - o reducir el tiempo al entrar voluntariamente a un centro de toxicología.

Lo único que yo le dije era que no me preocupaba si consumía drogas o no, que no era un problema moral, pero que realmente había escogido la peor droga de todas. El crack es una mierda que está hecha de cualquier cosa que se encuentran en los químicos residuales de la producción de coca. Esa vaina es como el basuco, que apesta y embrutece. Y que realmente logra cambiar los procesos químicos del cerebro casi permanentemente.

J se justificaba. 47 años, músico profesional, profesor de inglés en una prestigiosa universidad, consideraba que el hecho de frecuentar prostitutos y fumar crack era comparable a tomar un café - que llega a costar casi 2 dólares o más diarios - y salir a rumbear. La rigidez de su vida académica se rompía con un poco de sexo oral - a veces mutuo - con un ser sin compromisos, un "boy toy" que además lo acompañaba en su trip de crack.

Yo insistía en que ese no era el problema. Que él podía hacer lo que quisiera con su vida, pero por lo menos consumiendo otra droga que no fuera tan venenosa. El crack es una vaina demasiado poderosa que le podía joder el cerebro de por vida. Que nadie sabía que era lo que realmente le ponían a esa roca - que llega a costar 20 dólares una dosis - y que era lo mismo que inyectarse el primer líquido que encontrara en el baño. El problema era su propia salud, no su moral. Si por lo menos fuera él el que produjera su propia droga, sabría qué ingredientes le pone.

Le conté de mi experiencia cuando asistía a Fernando Ramírez en un documental para el minsalud en la calle del Cartucho. Apenas descargué la cámara, un indigente vuelto nada, sucio, trabado, que apestaba a basuco se me acercó y lo primero que me dijo fue "Huy, esa es una Sony de 3 CCD con 720 líneas de resolución..." Después de tragarme la sorpresa - y el susto - por el comentario, le pregunté que cómo sabía esas cosas. Me contó que él había sido técnico de Inravisión, camarógrafo, y que había perdido a su esposa, a su hija, su trabajo, su apartamento, todo, por culpa del basuco.

J me respondió con la historia de su amigo Erick - que conocí una noche cuando llegaba a hacerle "visita" a J, y yo salía corriendo del apartamento para no tener que mamarme los cambios de temperamento de mi anfitrión. Erick, quebequois de pura raza, lindo, machote, de ojos azules, acababa de pasar 10 días con un sugar daddy gringo, un multimillonario que alquiló todo un piso del hotel donde estaba para consumir miles de dólares en crack y hacer todas las orgías que pudo. El punto de J era que el multimillonario había gastado en su propio placer, la misma cantidad de dinero que hubiese podido gastar en restaurantes lujosos y regalos para sus hijos. Y que el señor seguía siendo multimillonario, dueño de muchas compañías.

En ese momento J se desvió de la autopista principal y tomó la salida hacia un pueblo que sonaba como Saint Whatever, como todos los pueblitos que había visto en el mapa. Llegamos a una casa enorme, con un letrero afuera TOXI-CO-GITO. Apenas vi el nombre me di cuenta que las cosas iban a ser un poco más intensas de lo que pensaba. Cogito, ergo sum... ha, ha, ha...

Se supone que llegábamos a las 4.30, y eran las 5.30. Las visitas sólo estaban permitidas hasta las 6. Descargamos las bolsas con ropa nueva y usada que J le traía a Dani, y entramos a la recepción.

Dani estaba esperando a J. Apenas lo vió se le lanzó encima. J me presentó como el amigo de Coni, que venía de Colombia. Me miró, y lo primero que me preguntó fue que si yo era gay. Yo le dije "Bien sûr!" y el me respondió que era bisexual. Dani tenía unos ojos azules muy bonitos, pero con un estrabismo muy marcado, incapaz de mirar a alguien fijamente por más de un segundo. Tenía el pelo liso, un poco largo, peinado por la mitad, y se había afeitado mal y le quedaban unos parches de barba debajo de las orejas. Era bastante corpulento, pero no más alto que yo. Talla 36 de pantalón.

Todas sus frases eran inconexas e incoherentes. El vigilante del instituto llegó para hacer la inspección de los calzoncillos, las medias, los pantalones, las camisetas que J traía, para ver que no tuvieran nada escondido. Valiente inspección. Ni siquiera vio los bolsillos.

Dani nos hizo subir al segundo piso, donde estaba su armario. El único en todo el corredor que no tenía candado. J empezó a doblar la ropa y a guardarla. Dani desapareció. Me puse a caminar. Todos los armarios tenían el nombre del paciente escrito sobre un pedazo de cinta de enmascarar, algunos tenían pegados dibujos hechos por sus hijos, fotos de sus familias, poemas... Llegué a la sala de la televisión. Todos estaban sentados en sofás de los 70s, fumando, viendo una película con Jeremy Irons doblada al francés. Nadie me miró cuando me asomé. Estaban recibiendo su dosis semanal de droga electrónica. Había de todo. Hombres jóvenes, mujeres adultas, en ropa de descanso.

Se acabó la película y todos salieron del salón. Pasaron a mi lado, y ahí sí me miraron. Yo les sonreía. Ellos no. Mierda, los vampiros existen. Me chuparon toda la energía. Que ambiente tan maluco.

Dani apareció en ese momento, bastante acelerado. El vampiro mayor, prostituto de energías, dealer de miedo. Además del daño que se había hecho con el crack, las drogas siquiátricas lo convirtieron en un esbozo de lo que algún día fue un objeto sexual. No podía seguir mirando a ese ser perdido. El ejemplo vivo de lo que le venía hablando a J en el carro.

Se llevó a J a algún lado. Me dejaron solo en el primer piso. Me puse a caminar por la cafetería, y a leer el reglamento del lugar. No sexo, no drogas, no contacto físico, no alcohol, no dormir a deshoras, no agredir a nadie, no salir, no llamadas, no desorden.

Yo respiraba, y esperaba que volvieran de su caminata. Tuve la impresión de que J le estaba llevando droga a Dani. Todo fue en secreto. Cuando apareció J de nuevo, me dijo que Dani quería que le compráramos una pizza, y que comiéramos con él. Yo le respondí en inglés que no quería que mi último recuerdo de Montreal - una ciudad que me había encantado - fuera una clínica de desintoxicación.

J entendió y decidió ir a comprar la pizza para traérsela a Dani. Manejamos unos 10 km, yo en total silencio, hasta llegar a Fratelli, con su promoción de 2x1. Me quedé en el carro oyendo el disco de Tina Turner, cantando "You're simply the best", viendo como toda mi posición a favor de la legalización de las drogas se tambaleaba. Esa mierda de verdad le jode el cerebro y la vida a cualquiera. Después de ver a Dani, y de saber que estuvo a segundos de volarle la cabeza con un revólver a un hombre en una calle de Montreal, para conseguir plata para su dosis de "crap", me di cuenta que mi vida podía depender de un güevón adicto que se le ocurrió escogerme como su víctima.

J llegó con las dos pizzas de quesso y carnes. Me comí dos pedazos que me supieron a gloria, mientras nos devolvíamos al instituto, en la mitad de una tormenta salvaje. Le guardé también dos tajadas a J. El se bajó, le entregó las pizzas a Dani y se volvió a subir al carro. Yo no me quise bajar. No quería ver al vampiro mayor.

En el camino a Montreal le pregunté a J sobre la historia de Dani. Su madre no se pudo encargar de él, y fue criado en hogares sustitutos. A los 12 años conoció un tipo como de 50 que le dio 100 dólares por dejarse hacer cosas, mientras fumaba crack y metía cocaína. Y a Dani le quedó gustando. Dinero fácil, orgasmos y droga. Que puede ser mejor que eso. J lo conoció hace 7 años, y hace tres que no tienen relaciones sexuales. Según un comentario manipulador de Dani durante la visita, porque J no lo quiere como antes.

No pude quedarme callado. Si J conocía a Dani desde que él tenía 20 años, y habían sido amantes, se habían querido, ¿por qué J había dejado que Dani callera en el estado en el que se encontraba en este momento?

J se quedó callado. Muy callado.

Y seguí con un discurso que me sonó muy moralista, pero estaba tan emputado que tenía que abrir mi boca.

J era la única persona que visitaba a Dani, el único que le seguía trayendo lo que fuera. El que manejaba una hora todos los domingos para ir a visitarlo. Y Dani no es más que un pedazo de basura. J seguía visitando a un muerto viviente. Por remordimiento, por sentimiento de culpa. J sí era conciente de su responsabilidad en la vida de ese vampirito, que por fin estaba encerrado. Y Dani seguía haciendo lo único que sabía hacer. Manipular el sentimiento de culpa de J, como lo hizo con todos sus clientes, para sacar el mayor provecho.

Y le dije todo esto a J. El era el principal cliente de Dani, y estaba perdiendo su tiempo en un caso perdido. J, músico profesional, podía hacer algo para evitar que hubiera otros Danis en Montreal. Podía crear un coro para adolescentes prostitutos, darles clases de música para convertirlos en geishas educadas. Mientras más cultos, más plata podían ganar. El problema no era la prostitución, definitivamente. Si lo quieren hacer, que lo hagan. El problema es el crack.

J parecía sorprendido. Me decía " Tu as peut-etre raison... "

Finalmente apareció Montreal con la última franja de luz del atardecer como fondo. El estadio olímpico estaba totalmente iluminado para la "Black and Blue Party", una fiesta para 30000 personas como beneficio para instituciones dedicadas a pacientes con VIH/SIDA y a la investigación, a la cual me hubiera encantado ir, y a la cual iban a ir los amigos que conocí, pero tenía que estar en el aeropuerto a las 4.30 am. No podía faltar a mi clase del martes en la Javeriana... ARGH...

Llegamos al apartamento, y empecé a hacer mi maleta. J hizo una llamada, y salió a la calle. Regresó 20 minutos más tarde. Totalmente trabado. Se le notaba en los ojos. Yo simplemente cerré la maleta con llave, escondí mis papeles, y salí a comer algo en el restaurante Thai. Después pasé por l´Aigle Noir, el bar de cuero, a despedirme del portero y los barmen, y corrí al bar Le Stud a encontrarme con G y Americo, un quebequois y un francés de origen italiano encantadores, que se querían despedir de mí, antes de irse a la Black and Blue. El bar estaba lleno, bailamos un rato, muertos de la risa. Y a las 12 de la noche los acompañé a coger un taxi. Al salir del bar cada uno de ellos sacó una bolsita de plástico y se tomó una pepita de éxtasis, con un trago de agua mineral. Me dieron unos besos efusivos de despedida, se subieron al carro y se fueron.

Me devolví caminando sobre Sainte Catherine. Pasé al lado de los putos, los dealers, los clientes, los que iban vestidos de negro y azul para la fiesta, los árabes que acababan de cerrar el dépanneur del barrio. Estaba acelerado. Tenía demasiada información en la cabeza. Cuando llegué, J seguía despierto. Obvio, después de esa tardecita y la roca de crack que se había fumado, estaba también acelerado. Ibamos a dormir menos de 3 horas, ya que él me llevaba al aeropuerto.

Ya era el Día de Acción de Gracias canadiense.

Finalmente no dormí, no pude cerrar los ojos.

El Cabaret me había perseguido hasta Montreal.

No, Montreal también tenía su propio Cabaret.